Olivos, higueras, cipreses,
marmóreos montes pelados,
regatos sin fondo que rompen
al sol y a la luna los rayos.
La abeja recoge la crema
de la flor del hueso del campo,
Platón alecciona a las ranas
en el mediterráneo charco.
Las velas latinas recogen
arrebol teñido de ocaso,
cigarras de sol embriagadas
a Apolo desgranan su canto.
Nítidos, férvidos crepúsculos,
que paren estrellas soñando,
la noche cobija a los dioses
náufragos en remoto océano.
Vuelvo a cantar de nuevo
mi primera canción
la que al brotar mi alma
con el alma brotó.
Se abre al venir la noche
como una estrella en flor
que se cerró en el alba
anegada en el sol.
Al alba de mi vida
cantando se cerró
y hoy en mi dulce ocaso
se me abre la canción.
Mar salada de amargura
bajo el sol canta tu sal,
tu sal soleada canta
bajo el sol, tranquila mar.
La amargura de la tierra
se hace en ti profundidad,
mar salada de amargura,
lacrimatorio final.
Sin tu sal se pudriría
nuestra pobre humanidad,
mar de amargura soleada,
abismo de soledad.
Peregrino, peregrino,
¿te viste en la fuente clara?
Sueña el agua peregrina
con la roca desde el alba.
Y el Sol peregrino sueña
al asomarse a tu alma,
te hace nacer los senderos
al nacer de la mañana.
Toda ojos la tierra bebe
con sus ojos fresca el agua
de la fuente de la vida
que abre Moisés con su vara.
Peregrino, peregrino,
mírate en la fuente clara,
que es en agua peregrina
donde el sendero te ganas.
Es celda mi camino,
camino solitario;
es celda del destino,
camino de calvario.
Camino sólo abierto
al término profundo
donde comienza el puerto
al acabarse el mundo.
Es mi camino celda
de ambos lados murada;
un eslabón que suelda
con el todo la nada.
Al pie del molino de viento
hilaba la vieja su rueca,
miraba al sendero a lo lejos,
señero del cielo a la puerta.
Pasaban las horas de arreo,
pasaban las nubes a vela,
quedaba tan sólo el sendero,
hilaba su copo la vieja.
Cruzaba un milano en el cielo,
cruzaba una hormiga por tierra,
cruzaban las horas de arreo,
miraba al sendero la vieja.
Hilaban las aspas al viento,
molía la vieja en su rueca,
llegaba la noche en silencio,
nacían en paz las estrellas;
se alzaba hasta el cielo el sendero,
estrellas calzaban sus huellas,
dormían tranquilos los muertos
hilando sus sueños en tierra.
Nos partimos en un beso;
¡ay si el último será!
¡El corazón se nos parte
con las penas que nos da!
Besos que vienen riendo
luego llorando se van,
y en ellos se va la vida
que nunca más volverá.
Vuelve la vida —me dices—;
pero no la que se va:
nos partimos en un beso;
¡ay si el último será!
Pecho desnudo y dormido,
tendido como la mar,
sacaba a la luz oleaje
palpitando al respirar.
Sombra de nube candada
por la brisa matinal,
sobre sus labios corría
una sonrisa fugaz.
¿En qué soñaba la niña?
Su vida no era soñar;
respiraba luz del cielo
esperando despertar.
Primero de mayo
pasó sin desmayo;
florecen las flores
los alrededores;
primavera avanza;
medra la esperanza
y al brocal del cielo
azul de consuelo
florece la mar.
Agua que el azul lavaste,
agua de serenidad,
agua que lavas el verde,
agua de conformidad,
agua que pasó el molino,
rueda de vuelta a empezar,
agua llovida del cielo,
agua de dulce pasar,
agua que lleva mis sueños
en tu regazo a la mar,
agua que pasas soñando,
tu pesar es tu quedar.
Íbame a espigar estrellas;
las cerní con mis pestañas;
—soñaba y era de noche—
me las guardé en las entrañas.
Cantábanme las estrellas,
con sus alas las cigarras,
y la luz de sus canciones
iban brizándome el alma.
Y el alma se me hizo cielo
y el cielo se me hizo alma;
en medio de las estrellas
cantaban de Dios las alas.
Al pie del roble de la montaña
tapé mis ojos llenos de ensueño,
soñé la encina, de la llanura,
hojas de abismo que sellan cielo.
Castilla Madre, de roca dulce,
boca fruncida; los fuertes pechos
al sol que ateza las frentes claras
y al pie el espejo del Padre Duero.
Calmoso el toro, dobla el morrillo;
la media luna se pliega al suelo;
ligera nube, gentil cigüeña
roza su sombra sobre el berrendo.
Los grillos rezan siesta prolífica,
la paz se alarga a todos vientos;
sobre la tierra dormida en verde
de primavera canta el silencio.
En los brazos de un olmo cantaba
anidado un ruiseñor;
a sus pies un muchacho soñaba
dormido con el amor.
En la copa la brisa aventaba
los cantares del cantor;
entre raíces el agua llevaba
los sueños del soñador.
Canto de mar que besa
a la tierra en los labios,
la brisa está el follaje
tañéndole a los álamos.
La brisa la melena
a las olas, al paso,
besó, blanca, empolvada,
con sal de fondo amargo.
Y aquí a las olas verdes
les da —dulce regalo—
el beso de las blancas
hojas del océano.
A verdor y blancura
los unce en un abrazo
el azul que a la brisa
abriga en su regazo.
Me besó en sueños un ángel
en la boca; al despertar
gusto de azul en los labios
de gloria en el paladar.
Hecha corazón la lengua
se puso sola a cantar;
las palabras son latidos,
son las olas de la mar.
La lengua nos da lenguaje
que el corazón no nos da;
el lenguaje nos da nombre,
el nombre da eternidad.
Una palabra es un ángel,
mensajero de verdad,
de la verdad que se sueña,
la verdad original.
Noche del cielo desnudo,
desnuda noche del cielo,
consolación del desvelo
de tener que alzar escudo.
Noche serena del alma,
noche del alma serena,
alma noche toda llena
de serenidad de calma.
Noche de Cristo dormido,
vela su sueño la Luna,
hácenle estrellas la cuna,
ponen la cruz en olvido.
Golondrina, peregrina
¿dónde duermes en invierno?
¿Hay en tu cielo una esquina
donde guardes nido eterno?
Vuelas tú, no vuela el nido;
sol de cielo en primavera,
azul dulce y derretido,
golondrina forastera.
Tú volverás con las flores
a tu nido aquí, el de paso,
y nos traerás los amores
que se duermen al ocaso.
¿Y el eterno amor del cielo
que de amores nos consuela,
el muerto inmortal anhelo,
el del nido que no vuela?
Zamora de Doña Urraca,
Zamora del Cid mancebo,
Zamora del rey Don Sancho,
¡ay Bellido traicionero!
Zamora de torres de ojos,
Zamora del recio ensueño,
mi románica Zamora,
poso en Castilla del cielo
de las leyendas heroicas
del lejano romancero,
Zamora dormida en brazos
corrientes del padre Duero.
Miguel de Unamuno (1864-1936)